Historia de origen · mexica
El libro de cuando todo comenzó
I. El silencio
Hace muchísimo, muchísimo tiempo, antes de que existieran las montañas, antes de que existiera el mar, antes de que existiera hasta el propio cielo... no había nada. No había un solo sonido. No había un solo color. Solo estaba Él — a quien los antiguos llamaban Ometéotl, el que siempre ha existido, el que no necesita a nadie más para ser. Y un día, Ometéotl pensó: "Quiero que todo lo que exista tenga vida propia. Y que, a su vez, cada cosa pueda crear algo nuevo." Y así comenzó todo.
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II. Las manos que hicieron el mundo
Ometéotl no hizo el mundo solo. Primero creó a Huitzilopochtli, la Voluntad, que dio forma a las montañas, los valles y los ríos. Pero el mundo seguía en silencio, sin colores ni olores ni sonidos. Entonces Ometéotl creó a Quetzalcóatl, la Inteligencia, y juntos pintaron el primer color, inventaron los olores y los sabores, y por último el sonido. Llamaron a todos los pájaros del mundo: a unos les regalaron plumas de colores, a otros les enseñaron a cantar, y a los más alegres, a bailar.
III. Cuando las flores aprendieron a volar
El mundo se llenó de flores tan hermosas que un día, temblando de alegría, se convirtieron en mariposas. Algunas volaron tan alto que llegaron al cielo y ahí se quedaron, brillando para siempre: así nacieron las estrellas. Y como esas mariposas se llevaron la luz con ellas, el cielo se quedó oscuro por primera vez. Así nació también la noche.
IV. Los tres amigos y la gran tristeza
Ometéotl creó un tercer regalo, la Memoria, a quien llamó Tezcatlipoca, para que los tres fueran siempre amigos. Pero, apurados por seguir creando, se enredaron entre ellos y se alejaron sin querer. Tezcatlipoca se quedó solo. Sin sus amigos cerca, los ríos se secaron, las plantas se secaron, y la luz se apagó. Los tres, arrepentidos, fueron juntos a pedirle ayuda a Ometéotl.
V. Nace el Sol
Del cielo cayó una gota brillante que fue bajando despacio, hasta quedar flotando en el aire — y empezó a brillar cada vez más fuerte. Así nació Tonatiuh, nuestro Padre el Sol, cuyo calor devolvió la vida a la tierra reseca. Y de esa tierra empezaron a nacer los primeros seres.
VI. Los hermanos que se sentían solos
Esos primeros seres nacieron distintos entre sí: uno solo podía ver, otro solo oír, otro solo tocar, otro solo saborear, y el último solo oler. Al principio esto los asustó. Pero poco a poco se acercaron, un pasito cada vez, y descubrieron que se parecían más de lo que pensaban. Una noche soñaron lo mismo: el Sol les decía que Ometéotl quería que fueran un solo corazón. Y se abrazaron con tanto cariño que se hicieron uno solo: Tlokenahuake.
VII. La flor que se volvió persona
Una mañana Tlokenahuake escuchó al Sol en sueños: era momento de que la tierra se llenara de gente. Al despertar encontró un ramo de cinco flores; al olerlas, entre sus brazos apareció una mujer sonriente, hecha de esas mismas flores — la llamaron Cinco Flor. De ese cariño nacieron todas las familias que después llenarían la tierra.
VIII. El final (que es un principio)
Así, cuenta la historia antigua, se hizo el mundo: con paciencia, con errores que se corrigieron, con amigos que se separaron y volvieron a encontrarse, y con hermanos distintos que aprendieron que juntos eran más fuertes. Los abuelos que contaban este cuento decían siempre, al terminar, las mismas palabras para quien los escuchaba:
"Yo soy tu otro tú. Si yo te cuido, me cuido. Si tú me cuidas, te cuidas."