Huematzin
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Cuentos para seguir mirando

5 cuentos · 1 libro en preparación

Para leer en voz alta, dejar una pregunta encendida y volver a mirar lo que tenemos cerca. Explora un manuscrito vivo, una historia de origen o nuestros tres relatos contemporáneos inspirados en Humboldt.

Nuevo · manuscrito vivo

Antes de que amaneciera

Antes de que hubiera día, dos dioses tuvieron que entrar en el fuego. Un cuento sobre el nacimiento del Sol y la Luna, el miedo y el primer amanecer.

7 min · cuento completo · ilustraciones y fuentes opcionales

Nuevo · para leer en familia

La semilla que no tenía prisa

Inés planta un grano de maíz y prepara una fiesta para recibirlo. Lo que tarda en aparecer la obliga a mirar de otra manera.

3 min · ficción contemporánea · con una pista para explorar

Nuevo · para leer en familia

La piedra que aprendió a flotar

Bruno descubre una piedra que flota. Para averiguar cómo lo consigue, tendrá que mirar algo más que su tamaño.

3 min · ficción contemporánea · con una pista para explorar

Nuevo · para leer en familia

La ventana que guardaba estrellas

Lucía quiere guardar una estrella para su abuela. Una nube y una pregunta convierten la ventana en el principio de un viaje.

3 min · ficción contemporánea · con una pista para explorar

Para leer con alguien pequeño

El libro de cuando todo comenzó

La historia mexica de la creación del mundo, vuelta a contar como cuento de buenas noches: el silencio, los tres amigos que le dieron forma al mundo, las flores que se hicieron estrellas y el nacimiento del Sol.

8 capítulos cortos · ilustrado

Para quien quiere profundizar

El mundo antes

Compendio serio de la cosmovisión mexica: los trece cielos y los nueve inframundos, los cuatro destinos de los muertos, los animales sagrados, el juego de pelota, el calendario de las dieciocho fiestas; cada dato remitido a su fuente.

Nueve libros · con bibliografía · en preparación

Historia de origen · mexica

El libro de cuando todo comenzó

I. El silencio

Hace muchísimo, muchísimo tiempo, antes de que existieran las montañas, antes de que existiera el mar, antes de que existiera hasta el propio cielo... no había nada. No había un solo sonido. No había un solo color. Solo estaba Él, a quien los antiguos llamaban Ometéotl, el que siempre ha existido, el que no necesita a nadie más para ser. Y un día, Ometéotl pensó: «Quiero que todo lo que exista tenga vida propia. Y que, a su vez, cada cosa pueda crear algo nuevo.» Y así comenzó todo.

II. Las manos que hicieron el mundo

Ometéotl no hizo el mundo solo. Primero creó a Huitzilopochtli, la Voluntad, que dio forma a las montañas, los valles y los ríos. Pero el mundo seguía en silencio, sin colores ni olores ni sonidos. Entonces Ometéotl creó a Quetzalcóatl, la Inteligencia, y juntos pintaron el primer color, inventaron los olores y los sabores, y por último el sonido. Llamaron a todos los pájaros del mundo: a unos les regalaron plumas de colores, a otros les enseñaron a cantar, y a los más alegres, a bailar.

III. Cuando las flores aprendieron a volar

El mundo se llenó de flores tan hermosas que un día, temblando de alegría, se convirtieron en mariposas. Algunas volaron tan alto que llegaron al cielo y ahí se quedaron, brillando para siempre: así nacieron las estrellas. Y como esas mariposas se llevaron la luz con ellas, el cielo se quedó oscuro por primera vez. Así nació también la noche.

IV. Los tres amigos y la gran tristeza

Ometéotl creó un tercer regalo, la Memoria, a quien llamó Tezcatlipoca, para que los tres fueran siempre amigos. Pero, apurados por seguir creando, se enredaron entre ellos y se alejaron sin querer. Tezcatlipoca se quedó solo. Sin sus amigos cerca, los ríos se secaron, las plantas se secaron, y la luz se apagó. Los tres, arrepentidos, fueron juntos a pedirle ayuda a Ometéotl.

V. Nace el Sol

Del cielo cayó una gota brillante que fue bajando despacio, hasta quedar flotando en el aire, y empezó a brillar cada vez más fuerte. Así nació Tonatiuh, nuestro Padre el Sol, cuyo calor devolvió la vida a la tierra reseca. Y de esa tierra empezaron a nacer los primeros seres.

VI. Los hermanos que se sentían solos

Esos primeros seres nacieron distintos entre sí: uno solo podía ver, otro solo oír, otro solo tocar, otro solo saborear, y el último solo oler. Al principio esto los asustó. Pero poco a poco se acercaron, un pasito cada vez, y descubrieron que se parecían más de lo que pensaban. Una noche soñaron lo mismo: el Sol les decía que Ometéotl quería que fueran un solo corazón. Y se abrazaron con tanto cariño que se hicieron uno solo: Tlokenahuake.

VII. La flor que se volvió persona

Una mañana Tlokenahuake escuchó al Sol en sueños: era momento de que la tierra se llenara de gente. Al despertar encontró un ramo de cinco flores; al olerlas, entre sus brazos apareció una mujer sonriente, hecha de esas mismas flores: la llamaron Cinco Flor. De ese cariño nacieron todas las familias que después llenarían la tierra.

VIII. El final (que es un principio)

Así, cuenta la historia antigua, se hizo el mundo: con paciencia, con errores que se corrigieron, con amigos que se separaron y volvieron a encontrarse, y con hermanos distintos que aprendieron que juntos eran más fuertes. Los abuelos que contaban este cuento decían siempre, al terminar, las mismas palabras para quien los escuchaba:

«Yo soy tu otro tú. Si yo te cuido, me cuido. Si tú me cuidas, te cuidas.»